La morsa y el carpintero

10.04.2020

Por Lewis Caroll

¡Brillaba el sol sobre la mar!

Con el fulgor implacable de sus rayos

se esforzaba, denodado, por aplanar

y alisar las henchidas ondas;

y sin embargo, aquello era bien extraño

pues era ya más de media noche.


La luna rielaba con desgana

pues pensaba que el sol

no tenía por qué estar ahí

después de acabar el día...

«¡Qué grosero! -decía con un mohín-,

-¡venir ahora a fastidiarlo todo!»


La mar no podía estar más mojada

ni más secas las arenas de la playa;

no se veía ni una nube en el firmamento

porque, de hecho, no había ninguna;

tampoco surcaba el cielo un solo pájaro

pues, en efecto, no quedaba ninguno.


La Morsa y el Carpintero

se paseaban cogidos de la mano:

lloraban, inconsolables, de la pena

de ver tanta y tanta arena.

¡Si sólo la aclararan un poco,

qué maravillosa sería la playa!


«Si siete fregonas con siete escobas

la barrieran durante medio año,

¿te parece -indagó la Morsa atenta-

que lo dejarían todo bien lustrado?»

«Lo dudo», confesó el Carpintero,

y lloró una amarga lágrima.


«¡Oh ostras! ¡Venid a pasear con nosotros!

-requirió, tan amable, la Morsa-.

Un agradable paseo, una pausada charla

por esta playa salitrosa:

mas no vengáis más de cuatro

que más de la mano no podríamos.»


Una venerable ostra le echó una mirada

pero no dijo ni una palabra.

Aquella ostra principal le guiñó un ojo

y sacudió su pesada cabeza...

Es gue quería decir que prefería

no dejar tan pronto su ostracismo.


Pero otras cuatro ostrillas infantes

se adelantaron ansiosas de regalarse:

limpios los jubones y las caras bien lavadas,

los zapatos pulidos y brillantes;

y esto era bien extraño,

pues ya sabéis que no tenían pies.


Cuatro ostras más las siguieron,

y aún otras cuatro más;

por fin vinieron todas a una,

más y más y más... brincando

por entre la espuma de la rompiente

se apresuraban a ganar la playa.}


La Morsa y el Carpintero

caminaron una milla, más o menos,

y luego reposaron sobre una roca

de conveniente altura;

mientras, las otras las aguardaban

formando, expectantes, en fila.


«Ha llegado la hora -dijo la Morsa-

de que hablemos de muchas cosas:

de barcos... lacres... y zapatos;

de reyes... y repollos...

y de por qué hierve el mar tan caliente

y de si vuelan procaces los cerdos.»


«Pero ¡esperad un poco! -gritaron las ostras-,

y antes de charla tan sabrosa

dejadnos recobrar un poco el aliento,

¡que estamos todas muy gorditas!»

«¡No hay prisa!», concedió el Carpintero

y mucho le agradecieron el respiro.


«Una hogaza de pan -dijo la Morsa-,

es lo que principalmente necesitamos:

pimienta y vinagre, además,

tampoco nos vendrán del todo mal...

y ahora, ¡preparaos, ostras queridas!,

que vamos ya a alimentarnos.»


«Pero, ¡no con nosotras! -gritaron las ostras

poniéndose un poco moradas-;

¡que después de tanta amabilidad

eso sería cosa bien ruin!»

«La noche es bella -admiró la Morsa-

¿no os impresiona el paisaje?


¡Qué amables habéis sido en venir!

¡Y qué ricas que sois todas!»

Poco decía el Carpintero, salvo

«¡Córtame otra rebanada de pan!,

y ojalá no estuvieses tan sordo

¡que ya lo he tenido que decir dos veces!»


«¡Qué pena me da -exclamó la Morsa-

haberles jugado esta faena!

¡Las hemos traído tan lejos

y trotaron tanto las pobres!»

Mas el Carpintero no decía nada, salvo

«¡Demasiada manteca has untado!»


«¡Lloro por vosotras! -gemía la Morsa-.

¡Cuánta pena me dais!», seguía lamentando,

y entre lágrimas y sollozos escogía

las de tamaño más apetecible;

restañaba con generoso pañuelo

esa riada de sentidos lagrimones.


«¡Oh, ostras! -dijo al fin el Carpintero-.

¡Qué buen paseo os hemos dado!,

¿os parece ahora que volvamos a casita?»

Pero nadie le respondía...

y esto sí que no tenía nada de extraño,

pues se las habían zampado todas.

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