Fragmentos de Diarios de Walsh

11.05.2020

Por Rodolfo Walsh

Reflexiones sobre la novela en los Diarios de Rodolfo Walsh

DICIEMBRE 31, 68 -SITUACIÓN-

Terminar el año con el zapato izquierdo visiblemente roto, mil quinientos pesos en el bolsillo, incapacitado para hacer regalos y desganado para recibirlos; con mil cosas pendientes, postergadas o mal hechas; en un estado casi permanente de mal humor o de abulia.

Es posible que haya "mejorado" algo. Que esa mejoría sea lo que me pone de tan pésimo humor.

La política se ha reimplantado violentamente en mi vida. Pero eso destruye en gran parte mi proyecto anterior, el ascético gozo de la creación literaria aislada; el status; la situación económica; la mayoría de los compromisos; muchas amistades, etc.

Es posible que, al fin, me convierta en un revolucionario. Pero eso tiene un comienzo muy poco noble, casi grosero. Es fácil trazar el proyecto de un arte agitativo, virulento, sin concesiones. Pero es duro llevarlo a cabo. Exige una capacidad de trabajo que todavía no poseo.

Me refiero principalmente a métodos de trabajo. Hace años que vengo luchando por eliminar cosas que formaban una "infraestructura" errónea, la bebida, el cigarrillo, los malos horarios, la pereza y las postergaciones consiguientes, la autolástima, el desorden, la falta de disciplina; la consiguiente falta de alegría y de confianza; todo eso ensamblado en una estructura mental que seguía siendo burguesa.

Este año sólo he progresado en dos cosas. No bebo, lo que ha mejorado mi salud, o por lo menos compensado el "deterioro". Empiezo a asimilar lo básico del marxismo, y mi "nivel de conciencia" es hoy bastante mayor. Estoy mucho más jugado. No aceptaría hoy incluir una cita de un bufón como Manucho en la contratapa de un libro, ni vacilaría en rechazar una beca en USA, etc.

Me he pasado "casi" enteramente al campo del pueblo que además -y de eso sí estoy convencido- me brinda las mejores posibilidades literarias. Quiero decir que prefiero toda la vida ser un Eduardo Gutiérrez y no un Groussac; un Arlt y no un Cortázar.

Pero decir estas cosas, escribirlas, me desalienta, me da sueño; eso significa que hay un duro núcleo de resistencia que rechaza todo esto como una banalidad; que preferiría mantener la fachada inescrutable sobre mis verdaderas contradicciones; suspender el análisis y seguir proponiéndome al mundo como un figurón, ligeramente martirizado por las circunstancias.

Me está faltando coraje.

Lo que sucede es que me paso al campo del pueblo, pero no creo que vamos a ganar: en vida mía, por lo menos. ¡En vida mía! Porque ésa es la clave: lo que pase después no me importa mucho, y entonces sigo siendo un burgués, más recalcitrante aún.

La película de Solanas-Getino nos mostraba ayer, con insuperable claridad, cómo no se puede ganar con clavos miguelito contra los tanques; con manifestaciones callejeras contra las ametralladoras, etc. ¿Cómo pelear, entonces? También lo dice la película: la revolución se hace primero en la cabeza de la gente. Conseguir que el oprimido quiera pelear y ame la revolución; pero conseguir también que el opresor se deteste a sí mismo, y no quiera pelear.

Pero yo soy el primero a convencer de que la revolución es posible. Y esto es difícil en un momento de reflujo total, en que se me han acumulado catastróficamente el proyecto "burgués" (la novela) y el proyecto revolucionario (la política, el periódico, etc.).

Si distingo con claridad, si analizo bien, si creo métodos aptos de trabajo: todo eso tiene solución. Lo que no soporto en realidad son las contradicciones internas. Las normas de arte que he aceptado -un arte minoritario, refinado, etc.- son burguesas; tengo capacidad para pasar a un arte revolucionario, aunque no sea reconocido como tal por las revistas de moda. Debo hacerlo. La película de Getino-Solanas señala una ruta, que yo empecé a transitar hace diez a eso es indudable que debo continuar con mi proyecto "burgués", radicalizándolo en lo posible, para quitarme la soga del cuello; volver a ser libre; planificar rigurosamente mi vida; desalienarme.

Así sea.

3/11/1969

...Cosa que me molestó, lo que dijo Raimundo, que yo escribía para los burgueses. Pero me molestó porque yo sé que tiene razón, o que puede tenerla. El tema me ha preocupado siempre, aunque no me lo formulara abiertamente. La cosa es: ¿para quién escribir, si no para los burgueses? Tendría que preguntarle a Raimundo qué literatura le gusta a él, qué novelas no están escritas para los burgueses y qué cuentos pueden escribirse "para" los obreros. Yo conocí una vez un obrero panadero que leía a Baroja -otro panadero-, pero el mundo de los libros, y especialmente de las novelas, está cerrado a los obreros ("Poné trabajadores"). Claro que somos nosotros mismos quienes lo hemos cerrado. Debe ser posible, sin embargo, escribir para ellos. [...]

...Lo que estoy descubriendo, caballeros, es cómo no escribir para los burgueses. Estoy fantaseando con cuentos, y aun novelas clandestinas. ¿No hay millones de cosas para contar en esa forma? ¿No son las cosas más importantes? Vgr.: las historias personales de Onganía...

15.1.70.

TEORÍA A GENERAL DE LA NOVELA:

  1. Ser absolutamente diáfano. Renunciar a todas las canchereadas, elipsis, guiñadas a los entendidos o los contemporáneos. Confiar mucho menos en aquella famosa "aventura del lenguaje". Escribir para todos. Confiar en lo que tengo para decir, dando por descontado un mínimo de artesanía. Eludir la elefantiasis literaria, tipo David.
  1. Recuperar la verdad, las propias contradicciones. Evitar puerilidades como la de "Z", ese personaje impoluto. No hay personajes impolutos.
  1. Recuperar la verdad del pueblo, de las masas, que es más importante que la de los individuos. Trazar el avance de los héroes, desde la resignación hasta el triunfo que se sabe no-definitivo, porque tampoco es posible ya ser inocente ante la Revolución.

Todo esto equivale a aprender de nuevo multitud de cosas.

4/2/70

Enzarzado con Juan, pago las consecuencias de una larga interrupción. Yo no soy ya el que empezó a escribir este libro. La hechura, el tempo de este capítulo me parecen algo mecánicos, cristalizados en un exceso de concepción previa. Seguramente, cuando lo tenga hecho, deberé romper deliberadamente ciertos ritmos, elipsis, efectos, que me han costado mucho trabajo, pero que contradicen mi actual concepción.

No obstante, tengo que escribir esta novela, aunque sea mi "última novela burguesa", además de ser la primera. Mientras permanezca sin hacer, es un tapón.

Para después, acaricio la idea de una literatura clandestina, quizá escrita con seudónimo. Es difícil llegar a concebir esto: se ven, sí, sus enormes posibilidades, pero el problema reside en aprovecharlas al máximo. Decididamente, tendría que ser anónima (o pseudónima), ¿pero podrá el pequeño pot (sic) renunciar a la vanagloria que ha inundado totalmente su vida?

Una novela, vgr., que empiece con una declaración franca de principios políticos; brutal en la mención de nombres y personas, simple en su lectura (cf. Eduardo Gutiérrez, Arlt).

Una perforadora neumática, en la obra en construcción, me perfora (sic) los oídos mientras trato de coordinar esto. Además, hace calor. ¿Cómo trepar, así, a los refinamientos del arte, etc.? Sic.

5/3/71

No puedo o no quiero volver a escribir para un limitado público de críticos y de snobs. Quiero volver a escribir ficción, pero una ficción que incorpore la experiencia política, y todas las otras experiencias. Para eso debo salir de un chaleco de fuerza.

11/12/71

Supongamos que los motivos por los que yo no terminé mi novela son los que yo mismo digo: que esa novela envejeció conmigo, que hoy sería vieja como de algún modo son viejos mis textos literarios; no los políticos. Es decir que en Rosendo y en Operación yo habría encontrado una vía de salida. Sin embargo es una vía que no me satisface absolutamente: si así fuera, yo dejaría de buscar otra.

Repaso mis propios argumentos: el testimonio presenta los hechos, la ficción los representa. La ficción resulta encumbrada porque no tiene filo verdadero, no hiere a nadie, no acusa ni desenmascara. Que la novela, el cuento, son la expresión literaria característica de la burguesía y sobre todo de la pequeña burguesía, que se cuida de no ofender porque teme que la aplasten. En la ficción, el Mediocre es el otro, yo a lo sumo descubro algunas limitaciones que puedo superar; quizá podría ser un poco más atento con mis semejantes; y también algunas posibilidades heroicas: si la agencia de automóviles o el trabajo en el Canal no me llevaran tanto tiempo, yo podría ser ese guerrillero; quizá lo seré todavía: ¿no soy joven?

Pero el testimonio también está limitado: si yo persigo ciertos fines políticos inmediatos, tengo que dar una verdad recortada, no puedo ofender a mis amigos que son mis personajes: recuerdo la reacción de R y su familia cuando conté su pasado de asaltante.

2/5/72

Debo determinar qué parte de mi tiempo dedico a un trabajo de creación literaria que al mismo tiempo me permita vivir.

Para ello debo desmitificar previamente todas las condiciones de esa creación.

  1. Revalorización. Es indudable que en los últimos años he ido desvalorizando, consciente e inconscientemente, el trabajo literario. La sola palabra me produce una cierta revulsión. Tratemos de analizar por qué, las causas históricas. La literatura se me apareció durante gran parte de mi vida como una aspiración mitológica. Era lo que yo finalmente quería hacer, mi destino, etc. Era una típica visión pequeño-burguesa, la búsqueda del prestigio a través de los mecanismos gratificantes de la exacerbación de la personalidad concebida como única, genial, etc. A través de la literatura podía mimetizarme con esos elegidos, capaces de percibirse a sí mismos como el fin al que tendía el mundo: generaciones y generaciones de hombres y mujeres anónimos e inútiles que confluían triunfalmente en un Borges, en un Huxley. Ser escritor era finalmente una forma de ser, posterior y superior al ser hombre. La Creación artística era concebida como la forma máxima del ser, como la incomparable culminación de todos los esfuerzos humanos, a la que todo podía y debía "sacrificarse".

Habría que analizar a fondo este mito, común a los intelectuales de mi generación. Buscar los textos en que se funda (vgr. un Rilke, pero también muchos otros, incluso Durrell). Esa estupidez fue respirada desde la infancia. Lo difícil es explicarlo. Obviamente los propios artistas crearon el mito como una forma de privilegio social, para ser respetados, para abandonar en los últimos siglos el papel de fámulos o payasos que tuvieron en las cortes europeas a partir del Renacimiento, donde un noble incluía entre su servidumbre a un Quevedo o a un Rafael. ¿Pero por qué se dejaron convencer los nobles, luego los burgueses? Es evidente que no consideraban al escritor o al músico tan importantes como ellos se creían; en todo caso le pagaban menos que al maestre de armas. Sobre todo en el caso de los burgueses, lo que ellos pagan es un índice seguro de la valoración que hacen. Pagaban menos de lo que simulaban estimar. ¿Y por qué los artistas se dejaban estafar, por qué aceptaban un testimonio de su valor comparable al de un criado de lujo? Porque lo que los acreditaba como tales era su obra; tenían que producirla para ser reconocidos; la obra producida entraba en el mercado, donde encontraba una competencia; el mercado determinaba el verdadero valor, que no coincidía con la autoimagen del artista. Pero él no podía hacer huelga, porque su producto al fin y al cabo no era necesario, él no podía presionar sobre el mercado haciendo escasear su producto, que no tenía el valor inapelable de un cañón, de un telar, de una espada, de una esclusa, de una tela, incluso de una joya.

La idea de la huelga de los artistas, que de tanto en tanto asoma en forma burlesca, desnuda la condición del estar desvinculado de los problemas materiales, de trabajar por el amor al arte. El artista pobre (que después de muerto será glorioso y cotizado por el coleccionismo) es la forma suprema del mito, y como tal alcanza una fuerza propia de atracción: hay artistas que realmente quieren responder a ese mito, que realmente quieren ser pobres en vida y gloriosos en muerte. Hay otros que luchan tenazmente por sus derechos de autor.

Este panorama empezó a cambiar en el segundo tercio del siglo, cuando apareció el "compromiso" del artista. Si la obra de arte podía ser política, ya era otra cosa, empezaba a tener otra clase de valor, aunque fuera negativo. Podía existir un interés en comprarla en términos políticos, no ya para consumo de una élite, sino para su absorción, su neutralización: incluso porque el literato disconforme podía percibir antes que el aparato político los gérmenes de la insurrección, y en este sentido los escritores podían ser una especie de alcahuetes o policías. Proseguir.

3/5/72

Mi relación con la literatura se da en dos etapas: de sobrevaloración y mitificación hasta 1967, cuando ya tengo publicados dos libros de cuentos y empezada una novela; desvalorización y paulatino rechazo a partir de 1968, cuando la tarea política se vuelve una alternativa.

La línea de Operación Masacre era una excepción: no estaba concebida como literatura, ni fue recibida como tal, sino como periodismo, testimonio. Volví a eso con Rosendo, porque encajaba con la nueva militancia política.

La desvalorización de la literatura tenía elementos sumamente positivos: no era posible seguir escribiendo obras altamente refinadas que únicamente podía consumir la intelligentzia burguesa, cuando el país empezaba a sacudirse por todas partes. Todo lo que se escribiera debía sumergirse en el nuevo proceso, y serle útil, contribuir a su avance. Una vez más, el periodismo era aquí el arma adecuada.

Quedaba en pie sin embargo una nostalgia, la posibilidad entrevista de redimir lo literario y ponerlo también al servicio de la revolución. Esa nostalgia, la formulación de esa posibilidad, tenían dos vertientes: una era el carácter al fin y al cabo transitorio, coyuntural, de la producción periodística: eso era real: el periodismo activaba para el momento; podía tener una gran fuerza conmocionante, pero no una larga proyección, no alcanzaba a fijar la experiencia colectiva (que es prolongada) ni la experiencia personal. Otra vertiente era hasta cierto punto regresiva, volvía al punto de partida de la gloria literaria burguesa, de la salvación individual por la escritura, de la consagración incluso de la escritura como una forma superior -burguesa- de vida.

Esta sería en un primer análisis la contradicción principal: quiero fijar algunos datos de nuestra experiencia como pueblo, de nuestra empresa colectiva, de las mejores vidas volcadas en eso; pero también quiero encaramarme sobre ese impulso, construir mi privilegio, etc.

La contradicción nunca se va a resolver a fondo. Pero tal vez pueda acentuarse gradualmente el polo positivo, deprimir su negación; hacer una selección rigurosa de elementos positivos y negativos; desmitificarme incluso a mí mismo en la medida en que he encarnado ese polo negativo.

¿Qué puedo contar? Centenares, miles de cosas. De eso estoy seguro. Lo que pasó con todos nosotros, y con otros.

Reflexiones sobre literatura y política

17/9/1968

La repentina certeza de que lo duro del camino es lo qué justifica la inflexibilidad total de los principios. Lo que ocurre es que todavía no "participo" a fondo porque no encuentro la manera de conciliar mi trabajo político con mi trabajo de artista, y no quiero renunciar a ninguno de los dos.

19/12/1968

Personalmente, es una evidencia que necesito retirarme momentáneamente de la escena. Mi libro no se escribirá solo, ni el editor seguirá pagándome indefinidamente. Necesito un aislamiento casi total.

Esa evidencia está producida además por mi estado de ánimo, por la abulia generalizada que me domina. Duermo hasta doce horas por día, consumo diarios y revistas en cantidades infinitas, etc. Incluso leo demasiados libros. Escribo menos de media página por día. Estoy cansado y derrotado, debo recuperar una cierta alegría, llegar a sentir que mi libro también sirve, romper la disociación que en todos nosotros están produciendo las ideas revolucionarias, el desgarramiento, la perplejidad entre la acción y el pensamiento, etc.

Tiene que ser posible recuperar la revolución desde el arte. La película de Octavio es un camino. Recuperar, entonces, la alegría creadora, sentirse y ser un escritor, pero saltar desde esa perspectiva el cerco, denunciar, sacudir, inquietar, molestar. Incluso el libro de David, aunque mal hecho, es un índice.

Puedo, incluso, incorporar la experiencia realizada en CGT, no como tema, sino como visión del mundo y las formas de lucha. El libro tiene que ser una denuncia, clara y diáfana, etc...

¿Podré? Cross my heart.

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